No levantemos más fronteras entre nosotros

 

Lo que está ocurriendo estos días en Ceuta debería hacernos reflexionar. No porque nuestra realidad sea la de Ceuta, que evidentemente no lo es, sino porque vivimos en un tiempo en el que los conflictos lejanos pueden terminar influyendo en nuestra convivencia cercana. La inmigración es un problema social del que podemos y debemos hablar con serenidad: de fronteras, entrada irregular, seguridad, empleo, vivienda o integración. Podemos exigir que las leyes se cumplan y que todos asumamos los mismos derechos y deberes. Eso es igualdad. Pero una cosa es debatir sobre inmigración y otra señalar al inmigrante.

En Valdemorillo vive una comunidad marroquí numerosa. Muchos llevan años aquí, trabajan, llevan a sus hijos a nuestros colegios y han formado sus familias. Algunos de sus hijos han nacido en España y para ellos este pueblo no es el lugar al que llegaron, sino simplemente su casa. Son vecinos. Y conviene recordarlo precisamente ahora, cuando las noticias y el ruido político pueden hacer que miremos con desconfianza a personas que nada tienen que ver con lo que sucede en Ceuta. 

La población marroquí, como la española, no es un bloque. Detrás de una nacionalidad hay personas diferentes, con sus propias ideas, creencias, trabajos, preocupaciones y esperanzas. Reducirlas a una etiqueta es dejar de ver a la persona. Por eso, además de preguntarnos qué políticas necesitamos, deberíamos preguntarnos qué clase de municipio queremos ser. Podemos alimentar la desconfianza o podemos exigir a todos lo mismo respeto a la ley, responsabilidad, educación y civismo sin dejar de reconocer la dignidad de cada persona.

 El pueblo ha cambiado, como también ha cambiado España. Pero hay algo que debería permanecer: la manera en que tratamos a los demás. El progreso no consiste solo en tener mejores servicios o más tecnología; una sociedad progresa cuando sabe convivir sin perder el respeto, la solidaridad, la responsabilidad y el civismo.

 Y para quienes nos sentimos cristianos, (independientemente de ideologías), la fraternidad no puede quedarse en una palabra. Tiene que convertirse en una forma de vivir y de mirar al otro. El Evangelio nos invita a reconocer la dignidad de cada persona, también de quien es diferente, sin que eso signifique ignorar los problemas ni renunciar a defender la ley y la justicia. Por eso, ante lo que sucede en Ceuta, no miremos con desconfianza al vecino marroquí que vive en nuestra calle. Probablemente está preocupado, como nosotros, por su familia, su trabajo, su casa y su futuro. Como nosotros.

No dejemos que el ruido de la política convierta una frontera en una frontera dentro de nuestro propio pueblo. No dejemos que el miedo nos haga olvidar quiénes somos. Porque cuando desaparecen las etiquetas queda lo esencial: una persona, un vecino, un ser humano que busca vivir con dignidad.

Y si sabemos conservar esa mirada, Valdemorillo seguirá siendo algo más que un lugar donde vivimos.

 

 

 


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